No lo subrayé, pero doblé las puntitas de las hojas.
La felicidad es egoísta.
Será que el amor es la forma más violenta del egoísmo, pues, al buscar una razón para mi turbación, me di cuenta de que estaba celoso de nuestro hijo, al que Marthe mentaba aquel día más que a mí.
En resumidas cuentas, me alegraba de haber conocido por unos instantes el dolor. Al menos, eso creía.
Mis celos la seguían hasta la tumba y por ello anhelaba que no hubiese nada más después de la muerte. Siempre resulta insoportable que la persona amada esté rodeada de mucha gente en una fiesta a la que no asistimos nosotros. Mi corazón tenía una edad en que todavía no se piensa en el porvenir. Si, más que un mundo nuevo donde reunirme un día con ella, lo que yo deseaba para Marthe era la nada.
jueves, 19 de febrero de 2009
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